Los miembros del Club 1497 visitan en primicia la Cooperativa de Aiguamúrcia

Hay lugares que llevan décadas en silencio, pero que no han perdido el carácter. La Cooperativa de Aiguamúrcia es uno de ellos. Construida entre 1919 y 1920 por Cèsar Martinell —discípulo de Gaudí y arquitecto de las conocidas Catedrales del Vino— cerró sus puertas hacia 1985, cuando la falta de socios dejó atrás una manera de hacer y de entender el campo. Desde entonces, el edificio ha esperado.

El 22 de mayo, los miembros del Club 1497 fueron los primeros en cruzar su umbral en el nuevo capítulo que se abre: la bodega donde Can Sumoi elaborará sus vinos.

Formar parte del Club significa tener siempre una llave en el bolsillo para abrir puertas que todavía no se han abierto para nadie más.

La fachada principal, las decoraciones de piedra vista y los azulejos de cerámica azul

Una fachada, muchas historias

La jornada comenzó ante la fachada principal. Piedra vista, una gran puerta de arco de medio punto —que podría recordar las portadas del románico catalán— y cinco ventanas coronadas por azulejos de cerámica azul de 1916 que costaron cinco pesetas cada uno. Todos esos detalles los explicó Judit Romeu, historiadora y vecina de Aiguamúrcia, que guió la visita con un conocimiento y un afecto que venían de muy cerca: su padre y su abuelo fueron socios del sindicato.

Pero antes de entrar, los asistentes se presentaron entre ellos. Desde cuándo eran miembros del Club, cómo habían descubierto Raventós i Blanc, qué encuentro recordaban con más cariño, etc. En ese momento, ante la fachada de un edificio que nació de la cooperación, se creó de nuevo la misma energía: personas que se reconocen en unos mismos valores, que comparten una manera de entender el vino y el territorio.

Habían venido parejas, padres y madres con hijos e hijas, hermanos, amigos… Porque en el Club se puede traer acompañante, y muchos lo aprovechan para compartir estas experiencias con alguien cercano.

Momentos de la visita de los miembros del Club 1497 a la Cooperativa de Aiguamúrcia.

El valor de querer un lugar

Judit fue desgranando la visita con la cadencia de quien no necesita notas. Explicó cómo el cooperativismo agrario nació de una doble adversidad: el conflicto de la rabassa morta —los terratenientes que querían romper unos contratos que los campesinos, gracias a las nuevas técnicas agrícolas, conseguían alargar indefinidamente— y la filoxera, que devastó los viñedos de medio continente. De aquella doble crisis nació la voluntad de hacer piña. «El cooperativismo agrario actúa como un engranaje para hacer fuerza y levantarse ante las adversidades», dijo Judit.

En el interior, mostró cómo Martinell había dividido el espacio en dos zonas —la del tratamiento y la de la fermentación— separadas por una arcada construida con dos arcos parabólicos superpuestos y ladrillos. Una estructura que es al mismo tiempo un ejercicio de ingeniería y un gesto de belleza.

Martinell creía que:

«La vista constante de algo bello educa y ennoblece el espíritu».

El arquitecto estaba convencido de que los trabajadores del campo merecían espacios dignos, amables y bonitos, además de funcionales.

Escuchar todos estos detalles de la mano de Judit tenía un valor añadido. Ella es probablemente la única persona que ha tenido acceso al archivo histórico de la cooperativa, siempre fielmente custodiado por los socios y sus familias. Ella, hija de Aiguamúrcia, pudo revisar aquellos papeles con cuidado, hoja a hoja, para reconstruir la historia del edificio. El archivo estaba intacto: actas de las juntas, planos originales de Martinell, decisiones que los socios habían dejado por escrito durante décadas. Memoria colectiva.

Cuando alguien que quiere profundamente un lugar te lo explica con todo ese conocimiento en las manos, cada detalle cobra una dimensión diferente. Aquella tarde, la cooperativa de Aiguamúrcia no era un edificio a restaurar. Era una historia familiar explicada en voz alta.

Los grandes depósitos donde vinificaban los vinos cooperativos y las arcadas Martinell

Como si nunca se hubieran cerrado las puertas

Terminada la visita, el ambiente ya tenía otra textura. Los invitados hablaban entre sí como si llevaran tiempo siendo amigos —algunos, de hecho, ya se conocían de otros encuentros. Los nuevos miembros de este año se ganaron su espacio enseguida: se presentaron, explicaron cómo habían llegado al Club, y antes de acabar la mañana ya habían quedado en verse en los próximos encuentros.

La cata dentro de la nave, bajo las arcadas de Martinell, y la luz que entraba por las ventanas dibujaba sombras largas sobre el suelo de la antigua bodega. Como si siempre hubiera sido así, como si nunca se hubieran cerrado las puertas.

¿Qué es el Club 1497?

El Club 1497 es un punto de encuentro para los amigos de nuestra familia de espumosos. Es un espacio donde queremos compartir la pasión que tenemos en Raventós i Blanc por nuestra tierra y por todo aquello que hace posible nuestro trabajo.

Es la sensación de llegar a un lugar que nadie más ha visitado todavía. De saber que la cooperativa de Aiguamúrcia, silenciosa desde 1985, vuelve a tener gente dentro que habla de vino, de tierra y de futuro. De escuchar a una historiadora explicar que su abuelo llevaba allí la uva cada otoño. De compartir una copa bajo unas arcadas de cien años con alguien que acabas de conocer y con quien, sin embargo, ya tienes mucho en común.

Judit cerró la visita con las palabras del escritor Jaume Siurana: las bodegas, durante el año, viven en una quietud estática esperando una nueva fiesta mayor. Nosotros, aquel 22 de mayo, pudimos sentir que en Aiguamúrcia, la fiesta mayor está a punto de comenzar.

Además de experiencias como esta, los miembros del Club 1497 disfrutan de tres envíos exclusivos al año y acceso a ediciones limitadas. Si quieres saber más, aquí tienes todos los detalles.

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