
El murmullo de la espera
Hacía días que en la bodega ya se notaba cierta inquietud. La vendimia del Clos del Serral es uno de los momentos más esperados del año: no solo porque es la viña más emblemática de la finca, sino porque ese día participa todo el equipo. Desde quienes pasan horas entre cepas hasta los que casi nunca pisan viña, ocupados entre papeles y pantallas.
Como hasta el último momento no se sabe el día exacto de la cosecha, esos días previos son un juego de incertidumbre. En el pasillo, en la oficina, en la bodega, la pregunta se repite como un murmullo compartido: “¿Sabes cuándo vendimiaremos el Clos?”. Una expectativa que aumenta las ganas de reencontrarnos alrededor de las cepas más viejas y veneradas de la finca.
La fecha nunca es fija ni se puede anticipar con mucho margen. La deciden Pepe Raventós y Joan Munné, que durante días visitan el Clos en silencio, probando las uvas una a una. Los análisis señalan cuándo la uva ha llegado a los valores óptimos de maduración; pero es la cata directa, la dulzura justa, la acidez viva, la textura de la piel y la madurez de las semillas lo que termina marcando el momento de empezar a vendimiar.
Después de semanas de idas y venidas, de probar y observar, Pepe y Joan coincidieron: la uva estaba en su punto óptimo. La viña estaba en equilibrio, los racimos llenos y sanos, con esa tensión justa entre frescor y madurez. Decidieron que la vendimia del Clos del Serral sería el 25 de agosto.

El equipo caminando hacia el Clos y haciendo el ritual de vendimia
25 de agost, a las 8 de la mañana
La mañana había amanecido fresca, con una lluvia fina a primera hora que parecía anunciar más agua. Pero solo fue un aviso breve, hacia las ocho; después, el cielo se abrió y pudimos vendimiar con tranquilidad, sin lluvia. El agua ha sido la gran protagonista de esta añada, con cerca de 650 litros, y aquel día tampoco quiso quedarse al margen.
A las ocho de la mañana nos reencontramos en la bodega, punto de partida antes de ir juntos hacia el Clos. Como un ritual, nos cogimos de las manos en silencio, dejando pasar la energía individual de cada uno de mano en mano hasta convertirla en colectiva.
Pepe dio la bienvenida a todos los presentes, y Joan Munné hizo memoria de la añada: después de tres años de sequía extrema, los 650 mm de lluvia de este 2025 habían devuelto la fuerza y el equilibrio a la viña. “Hacía años que la viña no mostraba esta vitalidad”, remarcó. También nos recordaron cómo se vendimia esta parcela: “Siempre a mano, con una primera selección en la misma cepa, donde solo se recoge la uva sana”, explicó Joan. Pepe añadió: “Después, el trabajo se completa con la selección grano a grano en la bodega, para que solo entre lo mejor de lo mejor”.
Con las premisas claras, nos dirigimos hacia el Clos, con la ilusión de ver cómo la naturaleza había respondido a las lluvias de esta añada.

1. François llevando la uva a la bodega 2. Una de las cajas de 15kg con las que vendimiamos 3. Transportando la uva con cuidado para que llegue entera a la bodega
Manos a las tijeras
El camino hasta el Clos se convirtió en un trayecto compartido de conversaciones y risas. Personas de diferentes departamentos encontrándose en un mismo espacio, unidas por la cosecha. En la entrada del Clos nos esperaban los caballos con sus cuidadores, preparados para iniciar la jornada.
Nos repartieron las tijeras y una pequeña caja de quince kilos. El tamaño no es casual: cajas pequeñas significan menos peso y menos presión sobre la uva, que llega a la bodega entera y en perfectas condiciones.
En parejas, empezamos a vendimiar las primeras pasadas de la viña. Aunque el trabajo de campo suele ser exigente, aquel día tenía otro tono. La vendimia en el Clos se vivió como una celebración. Música de fondo, risas, conversaciones poco habituales en la rutina e incluso fotografías improvisadas para retener el momento.

Las cepas del Clos de entre 70 y 80 años
Esculturas de madera
Las cepas del Clos, con setenta y ochenta años a sus espaldas, parecían esculturas nacidas de la tierra. Tronco grueso, brazos retorcidos, formas que el tiempo ha ido dibujando con paciencia. Era un placer verlas llenas de uva, con racimos sanos y equilibrados que casi no necesitaban selección.
Cuando las pequeñas cajas se llenaban, las llevábamos hasta el carro tirado por caballos. Eran ellos quienes hacían el trayecto constante hacia la bodega, situada en el centro de la finca, para que el fruto llegara rápido, entero y con la máxima calidad. Todo estaba pensado para que cada grano mantuviera intacta su frescura hasta el momento de entrar en la bodega.

1. Un merecido trago refrescante tras vendimiar. 2. El equipo seleccionando grano a grano 3. Almuerzo con vistas al Clos 3. Los mejores granos de uva
De la cepa a la bodega
Cuando la viña quedó vendimiada, nos sentamos a desayunar juntos. Tras el esfuerzo compartido, el ambiente era de calma y gratitud. La comida tenía otro sabor cuando se compartía allí, a pie de viña, con la sensación de haber formado parte de algo más grande.
Después, el viaje continuó en la bodega. Allí nos esperaba el trabajo más meticuloso: la selección grano a grano. Cada uva pasaba por las manos, y solo las más sanas y equilibradas eran escogidas. Es el paso final de un proceso que exige precisión y paciencia, para que solo lo mejor de lo mejor forme parte de este vino que nace de una parcela única, sombría y cargada de historia, la que da vida al Mas del Serral.
La vendimia en el Clos del Serral recuerda que el tiempo es un valor esencial: el tiempo que han vivido las cepas, el tiempo que se dedica a vendimiarlas con cuidado, el tiempo que hace falta para seleccionar cada grano. Todo ello construye una memoria compartida que trasciende el trabajo de un solo día y queda grabada en el vino, como un testimonio del diálogo constante entre naturaleza, personas y tierra.

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